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08-04-2008

Peruana nominada al World´s Children´s

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    Josefina se dedicó desde muy niña a trabajar como empleada doméstica. Tuvo que aprender a hablar en castellano para que no se burlen de ella. Desde hace más de una década dejó las escobas y las ollas para trabajar a favor de los derechos de mujeres y niñas que, en pleno siglo XXI, aún son víctimas de trabajos que no distan de verse como una moderna forma de esclavitud.

    Para Josefina Condori la vida significa estar al servicio de los demás. Desde muy niña tuvo que dejar su natal Puno para venir a la capital y ponerse a trabajar en una casa, donde aprendió que no todas las personas son justas.

    Cuenta que vino con toda la ilusión de conocer un mundo distinto, donde podría aprender a leer y escribir. “Para mí fue un viaje que nunca terminaba, jamás me había subido a un vehículo y esa vez me vine desde Puno en un camión. Un primo mío le dijo a mi mamá que quería llevarme a la capital para que trabaje y estudie”, narra esta ‘cusqueña’ (así la llaman por su trabajo más centrado en Cusco), quien hoy es candidata al Premio Internacional World’s Children’s Prize 2008.

    En 1994 fundó la organización Yanapanakusun, que dirige un hogar para niñas en riesgo y un centro para trabajadores del servicio doméstico. Josefina y Yanapanakusun brindan formación a las adolescentes en 30 pueblos andinos de los alrededores de Cusco. Emiten cinco programas radiales, dirigen un hotel, una granja y una escuela para chicas y chicos trabajadores.

    Alrededor de 500 chicas han vivido en el hogar y miles recibieron apoyo en el centro de actividades abiertas. Su tarea principal es que todos los niños que trabajan conozcan sus derechos y sepan cómo exigirlos. Desde el año 2000 su Institución pertenece a ASHOKA, Emprendedores Sociales, organización internacional que apoya a personas sobresalientes, con ideas innovadoras que generen soluciones de gran alcance y con un impacto a largo plazo.

    “Tienes que estudiar”. Con esta frase Josefina recuerda el consejo con que su mamá la embarcó. Debieron pasar muchos años para que volviera a ver a su madre. “La vida en Lima no fue lo que me imaginaba. Ni bien llegué me desilusioné. Pensaba que todo en Lima era bonito, brillante, pero no fue así. Mi primo me llevó a vivir a su casa. Él vivía en una barriada de La Victoria, cerca de Renovación. Esa casa fue el inicio de todos mis pesares”.

    Josefina empezó las labores del hogar en casa de su primo. Cuenta que lo primero fue aprender el castellano, pues solo hablaba quechua. “Mi prima me ayudó bastante, pero igual la vida era dura para mí. Al poco tiempo que empecé a hablar en castellano me pusieron a trabajar en una casa por Monterrico. Ahí tuve que aprender todo de nuevo. Tenía que decir ‘señor, señora’, a los hijos les tenía que decir ‘señorita y señorito’. Pero sufría, los niños se burlaban de mí porque hablaba mal. Tenía doce años y no entendía por qué la gente se burlaba de esas cosas”.

    En esa casa Josefina descubrió la marginación y la discriminación. Luego, cuando quiso ir al colegio, porque ya llevaba cerca de un año en Lima y aún no cumplía con el consejo de su madre, decidió hablar con su patrona y pedirle que la envíe a una escuela. “Ella me dijo que si encontraba una y quería ir que vaya, pero con mi primo buscamos y no había ninguna escuela nocturna por Monterrico. Como él le prometió a mi madre que iba a estudiar, me sacó de ahí y me consiguió otro trabajo cerca de Matute. En esa casa conocí realmente el infierno”.

    Allí conoció lo que es sentirse despreciada y en constante peligro. “Para empezar, dormía en un colchón que ponía todas las noches debajo de la escalera. Me hacían comer en un plato distinto, ni bien llegué me dieron un plato, taza y cubiertos. La señora gritaba todo el día, me insultaba, me decía que no servía para nada. Todo el día peleaban, gritaban. Los hijos eran peor. Uno se drogaba, el otro hijo tomaba licor, la hija salía todas las noches y regresaba de madrugada. Cuando su hijo llegaba borracho me daba miedo. Ahora lo recuerdo y todavía me da miedo”.

    En medio de esa desagradable y traumatizante experiencia, Josefina tenía muchas mas ganas de estudiar. Y lo logró. La matricularon en un colegio cerca de la casa donde trabajaba, pero cada vez que salía, se perdía.

    Al poco tiempo de estar en esa casa, decidió irse y no volver más. “Le dije a mi primo, pero él ya no me quería ayudar. Me dijo que si me iba que viera cómo iba a hacer. Me sentí mal. No sabía nada de mi mamá y la extrañaba. Y así un día, por suerte quizá, me cruce con un señor que en la calle me reconoció. Era de mi pueblo y me dijo que mi mamá estaba buscándome”.

    “Tuve que reconstruir mi identidad”
    Para ese momento Josefina estaba por cumplir dieciséis años y debía tramitar sus documentos. Aquel señor que la reconoció en medio de las calles de Lima se ofrecia ayudarla y le dijo que él se iba a regresar a Puno y que le iba a decir a su madre que le envíe su partida de nacimiento. “No podía volver porque en esa época costaba demasiado, no había carreteras como ahora y el viaje duraba varios días. No podía ir sola. Casi un mes después el señor me trajo mis papeles. Ahí me di una gran sorpresa porque en realidad mi nombre era Josefina y pasó buen tiempo para acostumbrarme”.

    Tiempo después, Josefina Condori llegó a trabajar a una casa en Barranco. Se dice que por todo lo malo siempre regresa algo bueno. “Ya ahí las cosas cambiaron, podía estudiar y no me trataban mal. Trabajaba los siete días de la semana, sin descanso, pero al menos me trataban bien. Para esa época ya había perdido contacto con mi primo, en mis cambios de trabajo ya no lo veía. Un día, cuando regresé a La Victoria para visitarlo, los vecinos me dijeron que se había ido, que se había mudado. Por mucho tiempo no supe nada de él.”.

    Fue en esa casa de Barranco que conoció a otra chica como ella, que había venido de provincia a Lima para trabajar. “Era bien buena, me llevó a unas reuniones de chicas como nosotras, que trabajábamos como empleadas domésticas, ahí nos hablaban de nuestros derechos, de nuestros deberes. Fue en ese sito que conocí a una mujer que me ayudó mucho en mi vida. Una italiana. Era una religiosa y empezó a trabajar con nosotras. Nos enseñaba qué cosas debíamos hacer y qué cosas no. Al poco tiempo me invitó a trabajar con ella y me dijo que nos íbamos a ir a Cusco. No lo pensé mucho y me fui. Sabía que iba a ayudar a otras chicas como yo que pasaban lo mismo. Saber que podía cambiarles la vida y ayudarlas me hizo dejar Lima.

    Es con su trabajo junto a esta ciudadana italiana que Josefina Condori llegó a destacar entre las instituciones que brindan asesoría y albergue a las niñas y mujeres que son explotadas por sus empleadores, o patrones, como ellas les llaman.

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