Mauricio Mulder Bedoya
El Congreso y los congresistas son la piñata favorita de los medios. Es fácil cubrir sus actividades, los políticos están siempre disponibles y se prestan a declarar para todo. No es lo mismo que cubrir en un ministerio, pues recorrer los pasillos del mismo para toparse con una “pepa” es harto fatigoso, amén de que su acceso es sumamente complicado.
Los congresos no están sólo para dar leyes. Sirven también para discutir todo tipo de problemas, aunque estas discusiones no arriben a nada.
Ello, porque al ser elegidos por el pueblo y representar las distintas tendencias que los ciudadanos tienen, ventilan esas diferencias mediante el arte de parlamentar. Si no pudiesen las sociedades contraponer sus puntos de vista hablando, lo harían irremediablemente dándose balazos. El fin supremo del Congreso, lo señalaba Locke, era en el fondo servir de válvula de escape al espíritu violento del hombre y su vocación por imponerse ante los demás.
Pero la mayoría de analistas políticos y la población en su conjunto no saben esto. Creen que se trata de una suerte de oficina gubernamental de la que salen las leyes. Creen incluso que esas leyes no deben elaborarse mediante el proceso de hablar unos con otros, sino algo así como que más bien debiera haber un “equipo técnico” que se encargue de la tarea. En ese predicamento, esos analistas, que son multitud en los medios de comunicación, quieren despolitizar al Parlamento y barrer de él a los dirigentes políticos, haciendo que en los despachos haya sólo “técnicos”, y mejor aún si son “independientes”.
No se hace docencia democrática en el Perú con el Parlamento. Y menos con el rol de los partidos. Analistas democráticos repiten a pie juntillas las monsergas fujimoristas de que los partidos y el Parlamento no sirven para nada. Ergo, una sociedad sin partidos y sin Parlamento deviene en ideal y por tanto los golpes de Estado se justifican.
Da vergüenza observar que quienes piensan así en el Perú han sido muchas veces mayoría.
Lo peor es que el actual Congreso es, diríamos, uno de los más complicados de la breve historia democrática del país porque tiene el grave problema de no tener mayoría parlamentaria predecible.
Un fraccionamiento que no ha cuajado sino muy pocas veces y que nos pone en una situación que incluso en Suiza costó sangre sudor y lagrimas pues ellos tienen, como pocos, también cinco partidos o grupos parlamentarios sin que ninguno tenga mayoría.
Paciencia entonces. Ese fue el resultado que el pueblo dispuso con su voto. Y con esas condiciones habrá que continuar.
FUENTE: La Tribuna
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